sábado, 29 de marzo de 2025

 

Liberalismo utópico, libertarismo y Estado


El liberalismo en su forma más pura no se diferencia de la izquierda extrema, en el sentido que plantea una visión deseable, pero utópica. Dicha visión liberal es un orden social donde el mercado se autorregula, donde la mano invisible del mercado de Adam Smith, equilibra las fuerzas económicas sin necesidad de intervención estatal. Promete libertad individual sin restricciones, una burocracia mínima y una prosperidad que surge del libre comercio. Todo es un bien mercantil, todo está en venta. Sin embargo, tanto la historia como la experiencia contemporánea rebaten esta premisa. En el mundo todos los Estados intervienen e intervinieron el mercado, tanto los países que fracasaron como los que triunfaron, los que fueron y los que son potencias mundiales.

 


Libertarismo argentino



En Argentina, Milei llegó al poder con un claro discurso contra el Estado y todo lo que representa, debido a la gran corrupción de sus antecesores. Su compromiso era desmantelar regulaciones y ceder justamente al mercado el rol de “autorregulador”. Según su propio discurso, o al menos, lo que todos sus seguidores desprendieron del mismo y repiten como un mantra: “el mercado se regula solo”, haciendo referencia a que un mercado no intervenido se regula con la variable oferta-demanda. Sin embargo, la única verdad es la realidad como decía Aristóteles, y siempre se impone. Por eso el pragmatismo (correcto) llevó al actual presidente Milei a tomar medidas que demuestran, en sí mismas, que el mercado requiere continua regulación:

Control de tarifas energéticas: El gobierno mantuvo subsidios y reguló precios en el sector energético tras la devaluación de diciembre de 2023, ajustando tarifas bajo una declaración de "emergencia" en el sector.

Fuente: Anuncios oficiales del gobierno, reflejados en cobertura general de prensa (ejemplo: Infobae, diciembre 2023).

Castigo a Flybondi: En 2024, la aerolínea low-cost fue sancionada por prácticas comerciales, implicando una intervención estatal en el sector privado.

Fuente:  Buenos Aires Herald, 2024

Regulación de prepagas: En 2024, tras aumentos excesivos de las empresas de medicina privada, el gobierno impuso límites y obligó a retrotraer precios.

Fuente: Infobae, abril 2024

ARCA: La Agencia de Recaudación y Control Aduanero, creada en octubre de 2024 para reemplazar a la AFIP, intensificó controles fiscales en combustibles y comercio exterior. También anunció un aumento en controles a importaciones mínimas de particulares.

Fuente: Anuncios oficiales y cobertura de Infobae (octubre 2024).

Cepo: Pese a promesas de eliminar controles, el gobierno mantuvo el crawling peg (devaluación controlada del peso al 1% mensual) en 2025. Por supuesto, todo esto para arreglar el caos monetario que dejó el gobierno anterior.

Fuente: Bloomberg, “All the Currency, Capital Controls Milei Needs to End in Argentina This Year” (5 de marzo de 2025):

Rutas Nacionales y Eventos catastróficos: Durante toda la campaña se mantuvo que el mercado no solo se regula solo, sino que además, se organiza para resolver los inconvenientes de la población. En base a esa ideología y al achique del Estado, se paralizaron casi todas las obras públicas nacionales viales. Sin embargo, la catástrofe de Bahía Blanca obligó a que el Estado resuelva urgente el problema de rutas cortadas que causaron un problema logístico para varias industrias, transporte y turismo. El mercado no solo no resolvió nada, sino que el Estado tuvo que actuar y cumplir su función.

Fuente: Varias noticias de diversos medios masivos de comunicación nacional. Infobae, La Nación y otros. 


Todos estos ejemplos son medidas que demuestran que el mercado no se regula solo, e incluso, todas fueron implementadas de manera correcta, basadas en el pragmatismo y en problemas que requerían solución inmediata, y/o que se vienen arrastrando del gobierno anterior. Por lo tanto, las medidas estuvieron bien, el error sería creer que porque no son “liberales” están mal. Sobre todo debe quedar en claro que sin el papel del Estado, estos problemas no hubieran sido "regulados por el mercado", mucho menos resueltos.

Si vamos a otro ejemplo histórico y real de la zona, en Chile, bajo Pinochet y su liberalismo, el modelo de Friedman prometió autorregulación, pero el Estado debió intervenir con políticas sociales en los 90 para contener una desigualdad que alcanzó niveles insostenibles —el coeficiente de Gini superó el 0.55—. Los defensores del liberalismo extremo podrían argumentar que estas decisiones reflejan pragmatismo forzado por crisis (similar con lo que pasa con Milei), y no un fallo del ideal que sostiene. Sin embargo, esta objeción no cambia en absoluto el núcleo de la cuestión: el mercado, sin mediación, no genera estabilidad ni equidad. Abundan ejemplos históricos. En Argentina, con la pobreza al 53% en 2024, la ausencia de un árbitro estatal agravaría el desequilibrio. El liberalismo moderado, como el de Mill o Hayek, acepta reglas básicas; el extremo, que Milei supuestamente inicialmente encarnó, se estrelló contra los hechos. En general, creo que las medidas antes mencionadas estuvieron bien implementadas y fueron necesarias en el contexto, y a la vez, refuerzan la evidencia de que el mercado debe regularse, eventualmente.



La aversión (a veces sobreactuada) al Estado




El Estado no es un recurso prescindible, sino una herramienta de poder y orden. Puede compararse con la energía nuclear: un reactor, como los de Atucha, nos da energía; una bomba, como la de Hiroshima, destruye y mata. Si bien no es un mecanismo predecible como una ciencia exacta, su eficacia también depende de las manos humanas que lo dirigen, aunque esas manos operan dentro de estructuras de poder, intereses y tradiciones culturales que a menudo lo desvían de su propósito. Karl Polanyi, en La gran transformación, demostró que el mercado libre jamás existió sin un Estado que lo estructurara. Max Weber vinculó el desarrollo del capitalismo moderno al monopolio estatal de la violencia, el cual genera un contexto más seguro para el desarrollo. Friedrich Hayek, pese a su defensa del mercado, reconoció en Camino de servidumbre que ciertas intervenciones son inevitables para evitar distorsiones. Thomas Hobbes, en Leviatán, fue mucho más definitorio: sin un poder central que rija la sociedad o ejerza de fuerza de control y contralor, la existencia humana se reduce a un estado “brutal y breve”. El mercado, por sí solo, no llena ese vacío. Nunca lo hizo en la historia tampoco, y nunca lo hará, aunque podrían intentar probarlo con consecuencias probablemente graves.

Esta necesidad estatal se extiende al ámbito global. Las naciones, por una inclinación inherente a la condición humana, buscan prevalecer sobre otras en términos económicos y militares para proteger sus intereses o afirmar su influencia. Si existiera una alternativa superior al Estado, la historia la habría consagrado. Roma, Estados Unidos o la China contemporánea no se construyeron sobre mercados desregulados, sino sobre estructuras estatales robustas. Experimentos como las comunas anarquistas de Cataluña en los años 30 colapsaron bajo presión externa; las zonas libertarias modernas no han logrado escalar más allá de ensayos limitados. Incluso la Unión Europea, un modelo híbrido que diluye el Estado nacional, depende de instituciones estatales coordinadas para funcionar. Si el mercado fuera intrínsecamente superior, potencias como Rusia o China lo habrían adoptado como eje, por el simple hecho de que al querer prevalecer, uno adopta la herramienta más poderosa y deja de lado las más débiles. En cambio, el Estado permanece como la herramienta más efectiva para proyectar poder y resistir amenazas. En un mundo de potencias nucleares, solo un Estado puede negociar en igualdad de condiciones o garantizar soberanía tecnológica, como lo hace Argentina con la Comisión Nacional de Energía Atómica, un logro estatal que difícilmente el mercado habría impulsado, entre una infinidad de ejemplos.

La clave reside en cómo se emplea esta herramienta. Usarla bien significa mejorar la vida de la mayoría, no enriquecer a una élite ni sostener una burocracia inerte. Por otro lado, un ejemplo de mal uso del Estado es la Argentina, con años y años de corrupción. Pero sobran ejemplos de éxito: el Reino Unido y otros países con su Servicio Nacional de Salud, ofrece cobertura universal con raíces éticas profundas. Noruega gestiona su fondo petrolero con una transparencia que redistribuye riqueza de manera efectiva. Singapur transforma recursos escasos en desarrollo mediante una administración eficiente y disciplinada. China, Rusia y Estados Unidos, con distintas ideologías y enfoques, tienen enormes estados que sostienen su infraestructura. En contraste, la Unión Soviética sucumbió a la corrupción y la rigidez, mientras que Argentina lidia con una burocracia que a menudo frustra el progreso. El Estado no está exento de fallas sistémicas: su tendencia al autoritarismo, como en la China actual o las dictaduras latinoamericanas del siglo XX, muestra que como todo ejercicio de poder, puede derivar en opresión si carece de contrapesos. Otra vez, el Estado es una herramienta, no es malo ni bueno por sí mismo, depende cómo se use. Un cuchillo se puede usar para preparar comida o para matar.

En Argentina, la transparencia podría lograrse de dos maneras. Una opción sería emplear inteligencia artificial para monitorear recursos y decisiones, aunque su eficacia dependería de evitar que caiga en manos maliciosas, lo que lo hace riesgoso. Otra, inspirada en Singapur, implicaría castigos ejemplares para políticos, jueces y funcionarios corruptos, elevando el costo de la transgresión hasta disuadirla, lo que se dice “relación costo-beneficio”. Hoy por hoy los corruptos no pagan, por eso “conviene”, mientras que en el caso en que paguen sus crímenes, dejaría de convenirles. Esto podría empezar con una reforma judicial que fortalezca la independencia de los tribunales y acelere los procesos, sentando un precedente concreto, y también castigos duros a jueces y fiscales, cómplices indiscutibles de la situación actual de la Justicia Argentina. En ambos casos, el éxito depende no solo de leyes, sino de una voluntad política y cultural que las respalde. Es decir, a fin de cuentas, depende de nosotros, la gente común, las masas. Pero el punto es el mismo: es según de cómo se use el Estado, no de “achicarlo”, “agrandarlo”, “hacerlo desaparecer” o “volverlo paternalista”. Las concepciones de izquierda y de derecha en este sentido son ambas utópicas, irrealizables, y sobre todo falaces, en el sentido en que tanto desaparecerlo como hacerlo cuasi omnipotente resulta en fracaso. Hay que usarlo bien como los ejemplos que ya nos dio la Historia, nada más, nada menos.


El mercado no se regula solo y el Estado no es el enemigo

El liberalismo utópico erra al idealizar al mercado como una fuerza omnipotente, y el libertarismo lo mismo al creer que puede regularse solo. Ninguna actividad humana se autorregula, porque los humanos y sus sistemas tienen fallas inherentes a su naturaleza imperfecta. Las crisis financieras de 2008, los monopolios contemporáneos o la concentración de riqueza que el infame Marx anticipó en El Capital evidencian sus fallas estructurales. Polanyi lo corroboró: sin intervención estatal, el mercado se desmorona. Milei lo experimenta hoy  en los ejemplos que di anteriormente. El Estado no es un lujo opcional ni un mal a corregir; es el fundamento de las sociedades complejas. Otro paralelismo con el marxismo es que tanto liberales como izquierdistas buscan ganar elecciones, prometiendo ambos luego de lograr los cambios necesarios y por razones sumamente diferentes, una ulterior desaparición del Estado como tal. Por supuesto, promesa que nunca ha sido cumplida en la Historia, porque simplemente no puede cumplirse 

El liberalismo extremo es una ilusión atractiva pero inviable. El libertarismo que sostiene que el mercado se regula solo, tampoco se comprueba en la práctica. El mercado tiene su lugar, por supuesto, pero no puede gobernar sin guía. ¿Y quién regula si no es el Estado? El Estado, como la energía nuclear o el fuego, es una herramienta cuya virtud o defecto reside en su manejo, no en su naturaleza, y siempre está condicionado por las dinámicas humanas que lo moldean. Las naciones lo adoptaron y lo siguen usando porque ninguna alternativa ha demostrado mayor capacidad para organizar, competir y perdurar. John Stuart Mill lo sintetizó con precisión: “La libertad necesita límites”. Esos límites, inevitablemente, los traza el Estado. El mercado no se regula solo y el Estado no es “un mal necesario”, sino un bien imperfecto, como toda herramienta humana. Es necesario entender estas cosas porque continuamente vemos como surgen partidos políticos con ideas erróneas e ideales engañosos. Por citar un ejemplo actual, decir que “el mercado se regula solo” es tan inconsistente e ilógico como decir que “la inflación es un fenómeno multicausal”.  Y así como es peligroso aquellos que pretender dictar sus discursos usando el Estado como herramienta desigual, como hacía el kirchnerismo, también lo es escuchar a aquellos que repiten que hay que despreciar el Estado. Estos últimos, seguramente, querrán hacerse con esta poderosa herramienta, la que que en realidad nos pertenece a todos y no debemos regalar para que otros se la apropien. Simplemente debemos aprender a usarla correctamente.